lunes, 27 de junio de 2016

Abarqué



Abarqué el cetro de todos los buenos pensamientos
Cuando llovía un silencio sin fondo e inexplorado.
Viento, pañuelo de los bosques, cobija del amanecer
cercando las taciturna noches, que no cesen de hablar.
En las ciénagas de luz repiquetea lujurioso el tiempo,
le gusta entonar canciones, delinea el contorno de
tus labios.
Hay fisuras en las bruscas flores de la duda,
sus pétalos rayados de suaves oropeles, cuando el aire
vacilante se asoma.
Me enredo en los eslabones de tu cuerpo,
colgada triste y alegremente como si no conociera
más que tu sombra.
En mis ojos maduran un sinfín de crucigramas y
encarnan tus ilusiones en las mías.
Dentro de la invisible piel del rostro escarlata
se flagela tu sombra, con su vahído retocado
pudo transcribir su voz, un palanquín de cedro
se figura pura.
Me visto con la desnudez de todas las nubes,
sobre ti caigo como una fuerte lluvia.
Escondida trato de restaurar la luz atrapada
en su brisa, más vale la paciencia que todavía
allí se encuentra.
Seguiré andando por los caminos de la puerta
inequívoca que me incitan a dormir despierta
voy despojándome de la herencia del feroz tiempo
y los pabellones de la religión arcaica.
Yo, en la limpidez de líneas infinitas
que nacen y se pierden como puntos armoniosos.
Ivette Mendoza